Chanel, Boucheron, Calvin Klein, cartier, Mugler, entre muchas otros son sinónimo de estilo, lujo y excelencia. Son exorbitantes las cantidades que se desembolsan a diario y que muchos estarían dispuestos a pagar para adquirir artículos de esta categoría. esos muchos ya no se limitan a una elite o a una minoría pudiente en capacidad de obtenerlos, sino que se hace extensiva a gran parte de la población dispuesta a hacer sacrificios que les permitan acceder a tan exclusivo privilegio. Aunque las motivaciones elitistas permanecen, esta necesidad de distanciarse de la masa. de no ser como los demás, de sentirse excepcional, es solo un móvil que se pierde entre los muchos que refuerzan y perpetuán una cultura del lujo.
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Ya no se trata solo de la tradicional dualidad dominante-dominado, capitalista-obrero, rico-pobre, la cuestión no se limita a ostentar riquezas o una etiqueta de clase sino de expresar un gusto particular liberado de lo convencional, se busca expresar una personalidad singular, una imagen personal, un disfrute y un admirarse a si mismo. A este deseo de admirarse le subyace una dimensión narcisista. Además del afán de experimentar emociones estéticas o sensitivas que conlleven momentos de voluptuosidad buscados ansiosamente por una sociedad hedonista presenteista que invita al viaje, a las delicias de los cincos sentidos.
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En síntesis la histórica necesidad de distinción social o de parecer rico a través de los signos demostrativos; la búsqueda de una identidad y el deseo de deleitar a los sentidos ha desembocado en una democratización del lujo, un lujo al alcance de todos y las grandes casas creadoras de las mas selectas marcas conocen estos puntos muy bien y orientan toda una maquinaria publicitaria y todo un concepto de creación basado en estos fundamentales principios.
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El ultimo de los mendigos siempre posee una bagatela superflua. Shakesperae


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